El cuento del indeciso
Sin aviso, como las
repentinas heridas que causa en el cuerpo una
flecha atravesada. En medio de esa muchedumbre que viene y va, estabas sólo
tú en la esquina, como un soplo de belleza en la intersección de dos calles.
Eras un islote de quietud entre esa marea
inconstante, semejante a un punto
blanco entre añiles figuras y, pese
a todo, como oculta en ese mínimo
refugio.
No hallaba
razones para hablarte, no sabía cómo romper el fuego. Quedaba a merced de mi incierto coraje que me acusa
continuamente de cobarde, de tener miedo a cualquier arraigo, de mi temor a lo inexplorado,
de preferir la comodidad del anonimato a una impronta negada. Mi timidez provoca un suspiro inquietante de desconcierto
acompañado de una ínfima
vergüenza que siempre me asegura que es mejor quedar al margen de la vida y del destino, que casi alega demencia y me dicta que no
es poco transitar este camino sin
culpas y sin nada que reprocharse.
Me marcó la memoria del sol en el poniente, anunciando el rocío
sin luna de aquella mañana del
día siguiente, tú ya no estabas. La espera, si la hubo, había terminado, pudo
más mi pasividad que tu paciencia. Entonces mis manos temblando escribieron en un cuaderno de hojas en sepia sobre la candidez de algo que casi fue pero nunca será. En él conté esta historia
en la que de tu recuerdo apenas,
sostengo una sombra. Podría haber sido una hermosa historia, pero mi
indecisión le dio un triste final.
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1 comentario:
Una historia muy lograda. Un beso
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