Rarezas.
Vivimos en un mundo raro. Es un mundo complejo que muchas veces es
difícil de entender en el que habitan sociedades complejas, que muchos estudian, formadas por personas harto complejas. Para desenmarañarlo están los
geopolíticos, los sociólogos y los psicólogos, por no mencionar economistas y
politólogos: Auténticos científicos e intelectuales que sólo aciertan al
explicar en qué se han equivocado. La complejidad nos hace raros, casos únicos.
Tenía un amigo tan especial que los de la panda decíamos que había
que disecarle y preservarlo en un museo. Luego descubrimos que todos reñíamos alguna
rareza, quizás demasiadas, que nos hacía especiales. Dedujimos más tarde que
una persona que se ajuste completamente a lo considerado normal es la
auténtica rareza. En realidad la normalidad de una persona viene definida por
el grado en que se ajusta a las convenciones establecidas en un momento
determinado.
Si todos beben vino a la hora del aperitivo y usted bebe otra
cosa, será el de la cerveza, el del agua, el del vermut o el de la soda. No le
digo como le llamarán si bebe café en un club de té. Ser un tipo raro también
depende del entorno en que nos movamos.
Las rarezas no se pasan y acaban siendo manías, estas se graban
con el paso del tiempo. Uno va perdiendo el control de las mismas, lo que
equivale a perder la vergüenza, o a ser menos educado o a enfadarse porque la
manía es parte de su rutina y no le gusta saltársela. Significa esto que con el
paso del tiempo vamos siendo más raros y desentonamos más. Nuestras manías son
más evidentes.
Quizás deberíamos plantearnos si existe algún paralelismo con la
sociedad, si ésta con el paso del tiempo va agravando sus manías y normalizando
sus rarezas. Quizás normalizando las rarezas de unos y otros rocemos la
incoherencia.
Probablemente el fallo no consista en normalizar rarezas o manías, sino en
evitar la decisión de si está bien o mal. Toma entonces nuestra sociedad el
camino de en medio, no juzga, se limita a opinar para que otros decidan
precisamente lo que el que opina quiere decidir. Se coloca en la posición
cómoda de testigo imperturbable ante el bien o el mal. Podemos decir que una
adicción es mala, pero nos negamos a ayudar al adicto porque hemos asumido
que lo mismo que puede serlo, puede dejar de serlo sin ninguna clase de ayuda.
Quiero decir que aunque la brújula moral nos pueda guiar, no la
seguimos.