01 septiembre 2026

RAREZAS

Rarezas.


Arco y punta, Kandinsky, 1929

Vivimos en un mundo raro. Es un mundo complejo que muchas veces es difícil de entender en el que habitan sociedades complejas, que muchos estudian, formadas por personas harto complejas. Para desenmarañarlo están los geopolíticos, los sociólogos y los psicólogos, por no mencionar economistas y politólogos: Auténticos científicos e intelectuales que sólo aciertan al explicar en qué se han equivocado. La complejidad nos hace raros, casos únicos.

Tenía un amigo tan especial que los de la panda decíamos que había que disecarle y preservarlo en un museo. Luego descubrimos que todos reñíamos alguna rareza, quizás demasiadas, que nos hacía especiales. Dedujimos más tarde que una persona que se ajuste completamente a lo considerado normal es la auténtica rareza. En realidad la normalidad de una persona viene definida por el grado en que se ajusta a las convenciones establecidas en un momento determinado.

Si todos beben vino a la hora del aperitivo y usted bebe otra cosa, será el de la cerveza, el del agua, el del vermut o el de la soda. No le digo como le llamarán si bebe café en un club de té. Ser un tipo raro también depende del entorno en que nos movamos.

Las rarezas no se pasan y acaban siendo manías, estas se graban con el paso del tiempo. Uno va perdiendo el control de las mismas, lo que equivale a perder la vergüenza, o a ser menos educado o a enfadarse porque la manía es parte de su rutina y no le gusta saltársela. Significa esto que con el paso del tiempo vamos siendo más raros y desentonamos más. Nuestras manías son más evidentes.

Quizás deberíamos plantearnos si existe algún paralelismo con la sociedad, si ésta con el paso del tiempo va agravando sus manías y normalizando sus rarezas. Quizás normalizando las rarezas de unos y otros rocemos la incoherencia.

Probablemente el fallo no consista en normalizar rarezas o manías, sino en evitar la decisión de si está bien o mal. Toma entonces nuestra sociedad el camino de en medio, no juzga, se limita a opinar para que otros decidan precisamente lo que el que opina quiere decidir. Se coloca en la posición cómoda de testigo imperturbable ante el bien o el mal. Podemos decir que una adicción es mala, pero nos negamos a ayudar al adicto porque hemos asumido que lo mismo que puede serlo, puede dejar de serlo sin ninguna clase de ayuda.

Quiero decir que aunque la brújula moral nos pueda guiar, no la seguimos.