Nos convocan este jueves desde su blog, “artesanos de la palabra”, nuestras amigas Patricia y Rosana a un reto que han denominado “corbata voladora”. Se trata de imaginar que nos encontramos una corbata en cualquier lugar y escribir la historia que nos inspire en menos de 350 palabras. Lo primero que se me ocurrió fue: “¿Es un cohete?¿Es un avión? No, es una corbata”. Pero luego me puse más serio y salió...
El cuento de la corbata.
Nadie sabe cómo apareció allí. Pero ahí estaba. En medio del acantilado, como una cinta enganchada en las rocas, juguete del viento. Se mecía a uno y otro lado mostrando sus colores chillones al mundo. No tendría la menor importancia si no fuese porque estaba en la mitad de la pared. El viento era caprichoso, pero no anudaba corbatas en las rocas.
Servando, el más viejo de los pescadores del pueblo, se barruntaba que la corbata era un mensaje. Estaba convencido de que el viento albergaba los mismos misterios que la mar. Esa prenda era uno de los muchos que no serían desvelados. La corbata terminó deshilachada por el golpeteo contra las rocas y por la fuerza del viento.
Los periódicos publicaron una desaparición, la del joven Damián Federico Arrasata de la Cisterna. Tenía fama de dandi y de llevar una vida disoluta y superficial. En la fotografía de hueco grabado en blanco y negro lucía lo que debería ser una corbata colorida en la que Servando pudo ver ciertas semejanzas. Era más comunicado que noticia, no abundaba en información. No mencionaba dónde fue visto por última vez ni los lugares que frecuentaba. Tampoco había ninguna referencia a su estado de ánimo ni quién había denunciado su desaparición.
Servando confirmó su sospecha sobre el mensaje que daba la corbata. Estaba convencido de que el joven Damián se había despojado de su prenda de adorno. Según él, era un acto desesperado, como queriendo dar una pista. Poco más podía intuir. No sabía si puso fin a su vida o si lo asesinaron. Tampoco podía imaginar el motivo de lo uno o lo otro. Lo único que tenía claro es que la desaparición equivalía a la muerte.
Y es que las corbatas dicen lo que dicen, que no es mucho. Lo demás son misterios, cuando no caprichos, de la mar y el viento.


