Una campaña violenta.
Ya anunció Manuela Bergerot de que no habría paz en las calles de Madrid. No sé si será por casualidad o causalidad, pero en ese momento la acampada de Sol comenzó a cambiar de líderes. En las manifestaciones en apoyo a la huelga de profesores hay activistas que llevan las mismas banderas que ondean en Sol y repiten las mismas consignas.
También comienzan los acosos. Todos están recibiendo su dosis de jarabe democrático y todos vienen a participar del mismo recelo y desconfianza de los ciudadanos que, paradójicamente, tienen que votarlos. Los tintes que están marcando esta precampaña indican que los partidos están actuando más para afianzar su parroquia que para convencer a los ajenos.
No hay que esperar juego limpio en una carrera electoral. Ya hemos vivido demasiadas falsas promesas. La solución está en el recurso a la violencia. La violencia no viene marcada solo por el activismo. También es violencia la amenaza y el insulto. De esas hay muchas y de muchos modos. Pero quizás lo que está definiendo de forma más clara los malos modos es la tendencia a acabar con el mensajero obviando el mensaje.
Y es fácil que la ciudadanía caiga en esta trampa. Es sencillo repetir un abucheo antes que pedir explicaciones sobre una mentira. Es más elemental insultar que pedir. Es, sobre todo, menos complicado instalarse en el no antes que proponer o negociar soluciones.
Con esta campaña, los ciudadanos nos acabamos encontrando con el brete de lo tomas o lo dejas. Con la predisposición de los políticos a no entenderse, no puede salir nada bueno.
Y ya sabemos que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Así que, con la predicción de que la campaña no será buena, lo más seguro es que nos encontremos con un perfecto desacuerdo.










