La Divina Comedia 2.0
En un punto del camino de mi vida en el que ya tenía recorrido más de lo que me quedaba por andar, me encontré en un barrio en ruinas, gris y oscuro, con todas las paredes pintarrajeadas de un color negro, sin que hubiese dibujos o letras identificables.
Me encontraba solo y perdido, con el miedo apoderándose de mi espíritu, cuando pude distinguir una figura con una túnica roja y un tocado del mismo color que le cubría la cabeza. Como buen lector, no tuve dificultad en distinguir la figura de Dante Aligheri, aunque me pareció que sus retratos no representaban la verdadera cara avinagrada que me mostraba.
— Veo que andaís perdido señor. — Me dijo.
— Tiene usted razón Don Durante o Señor Aligheri, no sé cómo llamarlo.
— Llámeme Dante, como me llama todo el mundo, y déjese de formalismos.
— Muchísimas gracias. Tiene razón, estoy perdido, no sé cómo he llegado aquí, no sé dónde estoy y, perdóneme, no sé qué hace usted aquí.
— Yo soy un guía de los perdidos. Me pasó lo mismo que a usted hace mucho tiempo y el gran poeta Virgilio fue mi guía. Él me enseñó el Infierno y el Purgatorio, y mi amada Beatriz me mostró el Cielo. La renuncia a ella me costó vagar sin llegar a entrar en ninguno de los tres y a guiar a personajes que, como usted, ya no ven sentido a nada.
— Agradezco vuestra guía; será harto interesante ver cómo han cambiado Infierno, Purgatorio y Cielo. Y mucho más los nuevos personajes que lo habitan.
— Os equivocáis; yo sólo puedo mostraros el acceso. Ya os dije que estoy condenado a no poder entrar en ninguno. No perdamos vuestro tiempo, seguidme y, si os parece bien, contad lo que veáis.
Se dio la vuelta y me hizo seguirle; su paso era cadencioso; parecía no tocar el suelo hasta que encontramos una larga fila haciendo espera ante una pequeña puerta.
A pesar del gran gentío, el silencio era abrumador. Era una perfecta fila en que una persona estaba detrás de otra, nadie intentaba pasar al que tenía delante. Era también variopinta, hombres y mujeres de todas las edades y razas, niños también. A la fila se iba sumando multitud de nueva gente que ocupaba su sitio sin protestar ni discutir. Se limitaban a esperar en silencio y a avanzar muy lentamente.
Fuimos avanzando a lo largo de la fila. Las ropas que podía identificar iban cambiando. Los últimos llevaban pantalones vaqueros y camisetas, algunos iban más formales. Según nos acercábamos a la puerta, la vestimenta iba cambiando: minifaldas, pantalones de campana, sombreros de copa, hasta que por fin, en la puerta, pude identificar al primero que estaba esperando: un húsar del Imperio Francés...
— Este señor ha estado más de doscientos años en la fila, esperando.
— Así es — Me dijo Dante — el acceso a la eternidad lleva su tiempo. Pero no se anticipe. Queda mucho por ver.
Justo en la puerta había una máquina dispensadora en la que estaba escrito: RECOJA SU TURNO. No salía ningún resguardo de ella. Me vi obligado a preguntar:
— ¿No recoge su turno?
— Se habrá acabado el rollo de papel. Tiene que esperar a que se den cuenta de que se ha terminado y lo instalen. Eso si hay repuesto; si no, tendrá que esperar a que lo traigan y lo cambien. Andamos mal de personal y con restricciones.
Gracias a las influencias de Dante, pudimos entrar cuando mostró las credenciales que le autorizaban a cruzar esa puerta. Entramos en una sala que estaba rotulada como “TRIAJE Y ASIGNACIÓN”.
— Es el nombre oficial — Me dijo — coloquialmente le llamamos “San Pedro”.
Una gran multitud, muchísimo mayor que la que esperaba en la fila se encontraba dentro. El mismo silencio y todos mirando atentamente a una pantalla en la que aparecía un número, el turno, y una asignación, la mesa que le atendería. Las pantallas se movían muy lentamente.
— Sólo hay veinte mesas, ocupadas cada una por un San Pedro que te entrevista — Me explicó Dante — Cada entrevista consta de unas mil preguntas obligatorias, aunque según la respuesta que den pueden originarse otras cuestiones. Siempre hay algún entrevistado que le da por hacerse el difícil y responde a las preguntas con otras cuestiones. Eso alarga mucho las entrevistas:
— ¿Y qué se pregunta? — Interrogué.
— De todo, la evaluación de la entrevista determina si uno va al Cielo, al Purgatorio o al Infierno. Pero no es directo. Sígame, por favor.
Pasamos a una sala aún mayor en la que el silencio era, si cabe, más rotundo. Estaba rotulada como “SALA DE ESPERA”.
— Entre nosotros la conocemos como “sueño de los justos” — Me dijo, esbozando una sonrisa que avinagraba más su cara.
En la pantalla aparecía un nombre con el rótulo “CIELO”. Se rompió el silencio:
— ¿Padre o hijo? — Se oyó una voz anónima.
En la sala tronó una voz impersonal:
— Espere, voy a consultarlo.
— Incauto — murmuró Dante — Parece que no sabe lo que va a tardar en tener una respuesta.
— ¿Cuánto se puede tardar en obtener un resultado? — Le pregunté.
— La evaluación más breve fue la de San Juan XXIII, fue al Cielo hace unos tres años... así que ha tardado unos cincuenta, pero fue muy rápida.
— ¿Y la gente normal?
— Esa lleva más tiempo... unos cientos de años. Hay algunos que se cansan de esperar y se van directamente al Infierno.
— Me parece demasiada burocracia.
— La paciencia es una virtud, hay que practicarla.
En ese momento me encontré caminando por mi ciudad con el firme propósito de ser paciente, mucho más paciente y hablar todo lo posible.