La danza de las chirimoyas.
Es una composición que se estrenó en 2016 y que habría
pasado sin pena ni gloria. Es una escuela que se ajusta más al estilo de la
Segunda Escuela de Viena fundada por Webern y que, en mi opinión, marca el
estilo más vanguardista y extremo de los derroteros de la música clásica, que
no es más que uno de los muchísimos que podemos escuchar a día de hoy. Es una
música que nos dice lo mismo que un cuadro abstracto, lo que queramos entender
y como decidamos hacerlo. Puede uno llegar a la decisión de que le gusta o no
le gusta pero, aunque le guste, no lo exhibirá en el salón de su casa porque
desentona. En el caso de la composición, uno decirle escucharla en determinados
momentos, puede que descubra algo, pero la escucharía en su coche porque el
mundo y la música no se complementan, quizás sea para otra clase de viaje.
Hay cosas peores, una vez me invitaron a un recital de
violín y piano en que una pieza se llamaba algo así como “equilibrista en un
alambre” (la he buscado pero no la he encontrado), la pianista rasgaba las
cuerdas del piano con un bote de cristal mientras el violinista chirriaba las
cuerdas de su instrumento. No dudo que tocar esta pieza requiera de un gran
grado de técnica, ni dudo del talento de la pianista y el violinista. Pero el
resultado ponía la carne de gallina, como cuando la parte dura de una tiza
chirriaba en la pizarra. La verdad es que esta melodía me hacía desear que el
equilibrista se cayera del alambre.
Podemos mirar la danza de las chirimoyas desde una
perspectiva positiva: David Sánchez ha hecho algo. También hay quien le acusa de
plagio o que se lo ha compuesto un “negro”, debe ser cosa de familia. Tampoco
le presto mucha atención, da lo mismo que sea un plagio o que se lo hayan
compuesto, me dice poco. Dios, en su santa voluntad, me dio ladrillos en vez de
tímpanos. Por eso es difícil que sepa apreciar una melodía en todo lo que vale,
menos si sigue los cánones de la Segunda Escuela de Viena que tiene más de
ruido que de melodía. Pero sobre gustos no hay nada escrito y los habrá más
expertos que yo. El caso es que juzgando a David Sánchez han condenado también a la danza de las chirimoyas, y ella es inocente, incluso puede que a alguien le haya gustado. Quiero decir que yo no la llamaría insufrible o insoportable, me limitaría a dejarla pasar de largo.
Les dejo el Pasacalle de Webern para que comparen, les puedo decir a bote pronto que es más largo, que conste que este último es el creador de una escuela. Así que les ruego que no juzguen la música de Don David por sus hechos (o no hechos, porque un poco vago a resultado ser).