Espacios públicos.
No me gustan la procesiones de Semana Santa, me resulta inquietante ver un desfile de encapuchados y penitentes pasando las de Caín durante un paseo que me antoja interminable.Sabiendo de qué va la cosa entiendo que haya gente que se emocione y le guste. Resulta una forma de vivir la fe. Pero fundamentalmente no me atrae porque no me gustan las multitudes. Por eso tampoco soy un fan de las carreras populares, por muy altruista que sea su fin. Ni voy a las ferias de los patrones, lo paso mal entre tanta caseta con tanta gente y la cerveza no está tan fría como la de un bar. Tampoco soy asiduo a los bares de moda si hay mucha gente. Raro que es uno, pero entiendo que haya quien no se pierda cada una de las procesiones del calendario, que se eche una carrera cada fin de semana, que se mantenga puntual a las citas de los patronos o que calcule la hora del aperitivo por la afluencia del bar. Una vez me preguntaron qué fiestas populares me gustaban, “desfiles y funerales de estado” fue mi respuesta
Nos han sorprendido esta Semana Santa algunos opinadores quejándose de que se cierren calles para el paso de las procesiones. Asumen estas personas que como el espacio es público debe usarse para lo que ellos digan. Las decisiones y autorizaciones de las autoridades elegidas por los ciudadanos deben ser algo secundario. El espacio público no debe utilizarse para cierto tipo de actos, pero si debe facilitarse para otros. Por esta razón hay quien cree que no debería autorizarse un mitin de VOX en Vallecas, pero si uno de Podemos en el Barrio de Salamanca. Según estos últimos lo primero es una ofensa y lo segundo un ejercicio de libertad de expresión.
No obstante, si se dan cuenta, siempre son los mismos los que dicen las mismas tonterías. Entre otras cosas porque seguramente no tengan nada que hacer. No sirvieron para estudiar ni para trabajar, desgraciadamente si tuvieron la labia con que nos castigan un día tras otro. Han pasado de ser carne de mitin a ser oradores aficionados procurando dar a sus admirados líderes un argumentario para fomentar un poco más todo aquello que nos pueda dividir. Exigen para sí un respeto que no tienen para nadie. Y son el paradigma más exacto de “obligar a lo que me gusta y prohibir lo que no me gusta”
Como uno es tan raro no dejo de ver en estos opinadores una versión moderna del Torquemada de turno intentando que los fieles, los ciudadanos, abracen la nueva fe que ellos cuidan vigilantes de la más mínima disidencia.