Nos convoca este jueves nuestra amiga Dafne desde su blog “Sine Die” con un reto al que ha llamado “la basura de una persona es el tesoro de otra”. Inspira esta convocatoria el anime de Gachiakuta que va sobre un chico que se dedica a arreglar objetos que encuentra en la basura. Es un recurso que hemos visto también en películas de ciencia ficción en que la arqueología supone la búsqueda de objetos encontrados en la basura de un mundo destruido. No me iré al futuro, me quedaré en nuestro presente en
El cuento de la búsqueda.
Juan Ricardo Alberto, el hombre que no tenía apellidos, seguida recorriendo El Rastro los domingos por la mañana. Siempre compraba algo. Recorría los puestos que se ponían a lo largo de la Ribera de los Curtidores y le gustaba iniciar su recorrido temprano después de tomar un chocolate en la plaza de Cascorro .
Cuando era joven compraba monedas, era calderilla que ya no se usaba, que los vendedores .obtenían un gran beneficio vendiendo céntimos a peseta. Pensaba que algún día valdrían algo más. Había llegado ese día y ahora se vendían en euros, constataba es que lo único que había cambiado era la forma de la calderilla, no su valor. Así descubrió que lo que se vendía y compraba en El Rastro era basura, entre la basura estaba lo viejo y entre lo viejo lo antiguo. La basura era casi un regalo, lo viejo, barato; y lo antiguo, muy caro.
Pese a su edad, no tenía el conocimiento para diferenciarlo. Era consciente de que cualquier vendedor avispado le podía colocar chatarra como arte. Ya había dejado de buscar monedas. Siempre eran las mismas y cuando aparecía una nueva ya tenía él más edad que la moneda..
Se dedicaba a transitar entre los puestos, era muy selectivo y disfrutaba buscando los juguetes que hoy no están de moda. No le importaba que tuviesen taras o que el tiempo hubiera borrado la pintura. Tampoco se dedicaba a restaurarlos. Simplemente los iba amontonando en una habitación. Los colocaba desordenadamente, dando la impresión de que un niño había dejado de jugar y los había abandonado así.
Él decía que buscaba, los comerciantes habituales le intentaban colocar algún tipo de juguete al mejor precio, después de todo lo que alguien había desechado suponía una ganancia.
—¿Es esto lo que busca Don Juan?
— No, pero es muy bonito, lo compraría.
Y tras un breve regateo, por supuesto que el precio inicial era un abuso, se llevaba el juguete con una sonrisa que mantenía hasta llegar a su casa. Sabía que lo que llevaba era casi más chatarra que viejo, como las monedas, nunca dejaría de ser calderilla. Pero se entretenía mucho en buscar algo que nunca encontraría: la niñez perdida.
Más tesoros en el mismo enlace.