Nos convoca este jueves nuestra amiga Mónica desde su blog “Neogéminis” con un reto al que ha denominado “Imágenes y palabras disparadoras”. Se trata de desarrollar una historia a partir de una imagen y de que en el relato se citen dos palabras aparentemente contradictorias. Como verán he escogido la foto que ven y, a partir de ella desarrollo....
El cuento del guardia de palacio.
Hacer guardia en palacio era un gran esfuerzo que exigía, sobre todo, calma y autocontrol. Aguantar como una estatua, embutido en un uniforme , manteniendo un rostro inexpresivo y serio, impasible al frío o al calor. Haciendo que parezca que el casco no se calienta con el sol ni se enfría con las heladas. Todo era cuestión de práctica. Uno se acababa acostumbrando.
.Era peor soportar a los turistas locales o foráneos. Estos le tomaban como una atracción más. Algunos le sostenían la mirada como un reto. Otros le hacían gestos de burla sabedores de que tenía que mantener su posición de firmes. Había quien llegaba a arrojar palomitas a su alrededor para fotografiarlo rodeado de palomas. Se le trataba más como a un maniquí que como a una persona. Parecía una de esas rarezas propias de la gente de sangre azul, una reliquia de la antigua élite. Una atracción gratuita.. Todo ello, como ya hemos dicho, ponía a prueba su autocontrol y calma.
Llegó la víspera del partido. A los hinchas del equipo visitante les dio por beber cerveza desde muy temprano. Más tarde siguieron tomando algo más fuerte. Cuando los echaron del bar uno de ellos tuvo la idea de ir a palacio. Con las copas de más mezclaron las bromas de los turistas con las de los borrachos. Le hicieron partícipe involuntario de multitud de escenas, la mayoría de ellas obscenas. De pronto uno de los holigans borrachos tropezó y empujó al guardia. Éste, desplazado de su posición, hizo lo que se espera de un guardia e intentó reducir a los hinchas, súbitamente aparecieron otros cuatro guardias, y tras repartir algunos golpes, llevaron a los borrachos a las estancias del cuerpo de guardia. A la espera de que llegase la policía.
Se mantenía un silencio casi espeso y no había lugar para bromas. Sólo uno de los borrachos intentó seguir con la fiesta y se la pasaron las ganas tras un “tratamiento especial”. Cuando la policía dejó las dependencias vacías el silencio se rompió y los guardias celebraron durante unos breves instantes el incidente que les permitió abandonar la calma y desatar un poco de locura. .