Las ilusiones.
Lo he dicho muchas veces y me creo que las diré muchas más. En demasiadas ocasiones se nos informa más de lo que se desea, o deseamos, que ocurra que de lo que va a ocurrir. Vivimos en un momento propicio para ello. Tanto fuera de España como en el mundo. La resistencia de Ucrania lleva a muchos medios a decir que está recuperando terreno, cuando la realidad, terca, insiste en que la situación es la de una guerra de desgaste en la que los avances exigen muchos esfuerzos y vidas. En Irán llevamos ya unos meses con un acuerdo a punto de alcanzarse “en dos semanas”, según Trump; pero el alto el fuego se rompe un día sí y otro también mientras las negociaciones avanzan. En España, la trama de corrupción que rodea al PSOE hace augurar su fin, pero ahí sigue todo, pese al escándalo, todo sigue igual.
El problema es que nadie tiene una bola para predecir el futuro, me refiero a una bola que funcione, e ignoramos lo que ha pasado. Pese a todo, nos falta la perspectiva que podemos obtener de ir relacionando lo acontecido y extraer algunas consecuencias. A veces es tarde para darse cuenta. Esa visión debe permitir, sobre todo, saber cómo hemos llegado a una situación determinada. Es el resultado de una concatenación de hechos que suele sugerir una solución sencilla, que no fácil: romper esa cadena. Como lo sucedido no tiene remedio, lo mejor es romper el próximo eslabón.
A la situación que sufrimos se va llegando poco a poco. En nuestro caso, nuestro ínclito Pedro Sánchez ha hecho lo que hace un niño: ir tanteando poco a poco. Le hemos dejado ir pasito a pasito, perdonándole todo. El primer pasito fue comprometerse a celebrar elecciones nada más vencer en la moción de censura; al día siguiente comunicó su voluntad de agotar la legislatura, no pasó nada. Como no ha pasado nada a cada paso que ha dado hasta hoy, que hemos descubierto lo corrompido de todo. Pero sigue sin pasar nada.
Quizás una de las consecuencias que debemos extraer es que lo corrupto del Gobierno es gracias a lo corrompido de nuestra sociedad. Que nosotros, en conjunto, también cargamos con nuestra parte de culpa. Nos tenemos que dar cuenta de que somos los ciudadanos los que tenemos que poner los límites y reaccionar cada vez que se pasen. Sin esperar a que alguien lo haga por nosotros. Así estamos como estamos cuando los que tienen que hacer que se respeten esos límites están negociando con otros cómo sobrepasarlos.