Un fracaso colectivo.
Hoy en todos los diarios comparten titulares junto a la invasión de Ceuta y sus consecuencias otro fracaso que nos deja en evidencia: el hundimiento de los resultados en el informe PISA.
ABC: El nivel educativo en España toca fondo con el mayor desplome de la historia en el informe PISA.
La Razón: PISA certifica el descalabro del sistema educativo español: los alumnos pierden el equivalente a dos cursos en una década.
El Debate: PISA retrata el batacazo educativo de la era Sánchez al dejar a España en su peor resultado histórico.
El Mundo: Desastre educativo en España, con el peor resultado de su historia en el informe PISA : hasta dos cursos escolares de retraso respecto a Reino Unido.
El País: Los alumnos españoles se hunden en matemáticas y lectura en el Informe PISA y obtienen el peor resultado de su historia.
Sobre el titular sólo vienen a cambiar el calificativo: desplome, descalabro, batacazo, desastre o hundimiento.
La primera explicación se contempla en tres páginas de opinión:
En la tercera de ABC, Carlos Goñi nos explica en un artículo titulado “Educar o edulcorar” que los profesores con la pérdida de autoridad y el impacto de las pantallas sólo pueden edulcorar antes que educar.
En El Mundo, Ángel Díaz nos dice que “El informe PISA no es perfecto... ni puede serlo”. En la cabecera nos dice que el repetir curso valora muy negativamente, el resto es para suscriptores.
En El País, la Editorial nos habla de un “Descalabro educativo” y viene a concluir que nuestro futuro está muy negro. ¡Vaya descubrimiento! Como si no llevara años diciéndose.
Como siempre, es un problema complejo y difícil de sintetizar. Aunque se podrían señalar los tres pilares de la educación: alumnos, padres y colegios (o escuelas, como prefieran).
Los alumnos están desmotivados y sin una idea clara de su futuro. No saben para qué estudian porque no saben qué quieren ser. Y su enfoque está más hacia el presente, a lo que van a hacer fuera del colegio. Por otra parte, tienden a seguir dos planes de estudios, el que les marca el colegio y el que establecen los padres que se preocupan algo. Pero ellos están a lo que están, su último juego y compartir sus peripecias con sus amigos, igual de desmotivados todos. Si hay alguno que lo está, es el raro. También son pasto de la cultura del mínimo esfuerzo, o del ningún esfuerzo. Como se lo dan hecho, ya sea por ley o por no decepcionarlos. Establecer por ley que no se repita curso no garantiza que no haya fracaso escolar, sólo ajusta uno de los parámetros. Podemos decir que a los alumnos se les forma para vivir en el mundo ficticio que nos gustaría que fuese, pero no en el mundo real.
Los padres se han creído parte del discurso de la tonta que dijo que "los niños no son de sus padres” y de Peces Barba cuando declaró que “la educación era cosa del Estado”. Los padres son una parte fundamental de la educación, que es preparar a los futuros adultos para que se desenvuelvan solos en el mundo. No confundamos la educación con la enseñanza. Los padres se encuentran muchas veces haciendo el papel de abuelos y dan a sus hijos todos los caprichos, hacen también el papel de amigos siendo comprensivos y empáticos con ellos, pero se olvidan de su papel de guías. Cuando un profesor habla con ellos su reacción es defensiva y le culpan de los problemas de sus hijos, con toda la buena intención del mundo se niegan a participar o se equivocan en la formación de sus vástagos. Cuando no hacen un plan de estudios paralelo en el que se atreven a decir a los profesores lo que hay que enseñar o no a sus hijos, si dicen lo que deben estudiar o no (por ejemplo, la religión o la educación para la ciudadanía) en vez de hablar con ellos (los hijos) sobre el punto de vista que tiene la familia sobre esa materia. Los padres pierden así muchas ocasiones de participar en la educación de sus hijos y de relacionarse con ellos.
Los colegios siguen la norma que les marca el Estado y la autonomía; entre dos aguas, sus profesores también se encuentran con una falta de motivación propia y de los alumnos. Se les ha dado repentinamente el papel de educadores en el que ya no basta con enseñar unas materias, también a ser personas y ciudadanos sin la colaboración de los padres. Se encuentran en una situación en la que saben qué enseñar, pero no cómo y para qué enseñar. La guía del cómo es un tema que entra en el entorno del profesorado, pero la del para qué necesita de la colaboración de los padres.
Nos encontramos que la clave acaba siendo el “para qué”. Si el alumno no sabe qué quiere ser en el futuro, no sabe para qué estudiar. Si el profesor no ve las motivaciones del alumno, no sabe para qué enseñar. Si estamos cayendo en la cultura del mínimo esfuerzo y la alternativa que se ofrece es la cultura de la competición, ser mejor que el de al lado. Si nos olvidamos de la cultura del esfuerzo en todos los ámbitos, consistente en ser un poco mejor cada día. Y adoptamos como mal menor la conformidad; si, a fin de cuentas, los números encajan, aunque sepamos que chirrían.
No nos puede extrañar este resultado del informe PRISA. No es un problema de partidos políticos, en la educación los partidos son un problema, es un asunto social; si no nos ponemos todos de acuerdo, no se va a solucionar. En realidad, todos lo sabemos, nada va para adelante si se trabaja menos.