Nos invita nuestra amiga Rebeca al reto de “Fuego en las palabras” de este mes de octubre. Pinchando en el logo se accede a las convocatoria del reto. Llego tarde, pero a tiempo. Se trata de escribir un texto de no más de 350 palabras en el que el motivo debe desarrollarse en torno a la palabra “prisionero” y sólo puede figurar una vez en el relato. Y con estos mimbres he hecho este cesto, que no es un cuento, al que he titulado...
La metáfora de la prisión.
Nada más nacer estamos encadenados. Necesitamos ser sostenidos por los brazos de nuestra madre. Precisamos de sus cuidados. Somos incapaces de andar y nos tienen que llevar de un lado a otro. Podríamos afirmar que somos cautivos de nuestra familia, de los que nos cuidan. El crecimiento es un periodo de liberación.
Durante nuestra juventud, el mundo se abre. Tenemos la oportunidad de explorarlo. Disfrutamos entonces de la libertad para hacerlo, aunque siempre estaremos limitados. Tampoco tenemos la libertad de irnos donde queramos. Somos esclavos de nuestras limitaciones, de nuestros apegos y de nuestras costumbres. No resulta fácil abandonar un hogar.
El paso del tiempo nos crea necesidades. El mundo se va limitando. Y cuando llega nuestra vejez, nuestras perspectivas se reducen. Nuestro acceso al mundo puede limitarse a unas pocas calles y a lugares muy concisos, entre los que la visita al médico resulta obligatoria. Volvemos a una segunda niñez en que necesitamos encadenarnos a otras personas que, en el mejor de los casos, nos vigilan cuando no nos cuidan. Acabamos siendo prisioneros de la vida.
Aunque el mundo no sea una cárcel y la existencia no sea un cautiverio, nos encadenamos a unos vicios y a unas costumbres que definen nuestra vida. Pedimos salir de esa rutina a la que terminamos llamando aburrimiento. Nuestra mente sueña con poder vagar por el mundo mientras nuestro cuerpo nos ancla a la comodidad. Poco a poco, la vida se va convirtiendo en el cementerio de nuestras ilusiones a la vez que no queda más aliciente que el médico te diga que estás igual. Es un éxito, ya que lo que tienes no mejorará nunca.
Empezamos a ser cautivos de nuestras neuras. El día vivido no es una experiencia más, es una gota menos en la botella de nuestra vida. Cambia el programa del presidio. No se hacen planes para mañana; se cuentan las historias del ayer. No se piensa en la próxima melodía que sonará. Uno cree que ya ha escuchado todas las que le gustan y se consuela en que le quiten lo bailado... si pueden.


