Somebody to love. Alguien a quien amar
En 1976 el grupo Queen puso en circulación esta canción dentro del álbum “A day at the races”. A la calidad de la voz de Freddie Mercury
hay que añadirle los coros que hacen sus compañeros Rod Taylor y Brian May que
llega al punto álgido en ese “Find me somebody to love” (Encuentrame alguien a
quien amar) en todos los tonos. Es una de las canciones más oídas del grupo y
una de las más copiadas, en España el grupo Mocedades hizo una versión a la que
titularon “Un poco de amor” (les dejo también un video).
La canción hace hincapié en que una persona necesita
desesperadamente alguien a quien amar. Pero nos deja en el trasfondo muchas
otras cosas más.
Quizás la primera sea el reconocimiento de una incapacidad. Como
hay que encontrarle alguien a quien amar, no hay en el protagonista disposición
para buscar a ese alguien. Puede que esté demasiado cansado para ponerse a
buscar.
Lo segundo que trasciende, y quizás el protagonista de la canción
le da más importancia que a la necesidad de alguien a quien amar, es la queja
de lo mal que vive y lo mucho que sufre en el trabajo. Deja en el aire
cuestiones sin responder, la principal de ellas es porqué tiene ese trabajo y
no otro que le sea más cómodo.
Y aquí es donde entramos a la tercera trascendencia, que es culpar
a alguien de la situación en la que vive. Dios termina siendo el culpable y,
por ello, le tiene que encontrar alguien a quien amar.
No dice nada el plañidero, ni se plantea, hasta qué punto la
situación en la que se ve inmerso es producto de sus propias decisiones o de la
falta de las mismas. Cuando pides a otro que te busque y decida por tí a quién amar estás
pidiendo una especie de matrimonio concertado.
El descontento nos suele acompañar y en más de una ocasión
pedimos, exigimos o queremos corregir a un ente superior y etéreo que nos
arregle o mejore nuestra situación. Podemos llamarlo Dios, el sistema, la
organización, la situación política o cualquier otra nombre que queramos darle.
Sabemos que a ese al que culpamos no nos va a dar ni pedir explicaciones.
Sabemos que enfrentándonos a algo tan poderoso no vamos a cambiar nada, pero
que tampoco nos va a hacer nada. Nuestras quejas y exigencia no dejan de ser un
pataleo que evita nuestro examen de conciencia: hasta qué punto nuestras
decisiones nos han llevado a donde estamos.
Es un planteamiento duro, porque podemos acabar descubriendo que
nuestra vida ha estado dirigida y que nuestro trabajo, el alguien a quien amar
y lo que somos en definitiva nos ha venido impuesto y todo porque adoptamos la
postura de que alguien buscaría todo ello por nosotros.
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