22 enero 2026

EL CUENTO DEL PISTOLERO



Nos convoca nuestra amiga Mónica desde su blog “Neogéminis” en el reto juevero a contar una historia del Oeste, más bien en el ambiente fronterizo de estas historias. Puede ser en un planeta recóndito; también podemos desarrollarla en paisajes boscosos o en el desierto. Dentro de este abanico, prefiero desarrollar una historia clásica.

El cuento del pistolero.

Jinete y caballo habían completado la ruta por el desierto para llegar a Deathtown, donde Jim Kill ejercía de sheriff. Nadie lo había nombrado, había disparado al anterior y se colocó su estrella en el pecho. Ante esta situación, el alcalde del pueblo y el juez comprendieron que lo mejor era llevarse bien. El dueño del salón le daba la bebida gratis y las señoritas de compañía hacían un turno de marras para hacerle compañía. Todas sabían que no podían mirar, ni mencionar, a la cicatriz que cruzaba su cara.

El jinete llegó con la boca seca, ató a su caballo a la puerta del salón y entró decidido.

 —¡Agua! —pidió en la barra.

—Sería mejor que tomase whisky, señor, es que...

—¡He dicho agua! —cortó el pistolero—. Conozco las artimañas del maldito Jim Kill, huyó de mí con la cara marcada y no me extrañaría que me llenase de alcohol para enfrentarse a mí con ventaja.

—Señor, es que el agua...

—¡Que me des agua! —volvió a interrumpir; esta vez desenfundó su revólver rápidamente; en un abrir y cerrar de ojos tenía encañonado al camarero, que mantenía la calma.

—No hay lugar en el mundo para Jim y para mí y sólo necesito agua para enfrentarme a él. Luego vaciaré todo el whisky, pero ahora necesito agua, mucho agua. ¡Maldito pueblo de borrachos! ¡Todos beben whisky!

Le sirvieron una jarra de agua que despachó con gusto y se tragó otra. Salió a la calle principal notando que su estómago se descomponía.

—Quizás he bebido demasiado rápido —se dijo.

Notó que todo el pueblo estaba en la calle mirándolo. Los retorcijones de sus tripas le empezaban a torturar. Jim Kill no aparecía.

—¿Dónde está Jim Kill? —preguntó casi sin fuerzas.

Fue el camarero quien habló:

—Cayó muerto hace cuatro días en el único pozo de agua de este miserable pueblo y la envenenó. Parece, señor, que habrá sitio para los dos en el cementerio.



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