31 marzo 2026

EL CUENTO DEL MÚSICO

 Nos convoca nuestra amiga Raquel desde su blog “Crónicas de la loca que cazaba nubes” en el reto de “fuego en las palabras” correspondiente al mes de marzo.  Se trata de escribir en menos de 350 palabras un relato de tinte religioso en el que no se pueden utilizar las palabras, fe, religión o creyente. Vamos a intentarlo en…

El cuento del músico.


 Al recibir el encargo sintió una sensación especial. Como un hormigueo extraño en las tripas. Era un pedido sencillo, una marcha para ser tocada por una banda que participaba en la procesión del Ecce homo. Cuando se enfrentó a la hoja en blanco, las notas parecían escribirse solas en los pentagramas. No sólo eso, también las corcheas y semicorcheas se asignaban para cada uno de los instrumentos de la banda. Quedaban reflejados los toques metálicos y agudos en el metal y la cadencia grave de los instrumentos de percusión. Los acordes flotaban a lo largo de la melodía como haciendo volar el sonido.

 Hicieron falta muy pocos ensayos, cada uno de los músicos sentía el momento en que debía colocar su nota. El director de la banda no tenía problemas para marcar el ritmo. En realidad, la partitura parecía armonizar a todos los componentes de la banda. Se cumplía la paradoja de que nadie era imprescindible pero, a la vez, todos eran necesarios.

 Y llegó el día de la procesión, se arrancó la marcha y los costaleros sintieron el paso más liviano. La figura de Cristo fustigado parecía levitar en el aire. Los capirotes de los penitentes ocultaban sus lágrimas. Las cruces que cargaban parecían pesar menos, las cadenas no molestaban. No tenían la sensación de hacer ninguna penitencia, lo que provocaba cierto remordimiento. El recorrido se antojaba más corto.

 El público guardaba silencio al paso de la imagen, sólo se oía la marcha. El tiempo parecía detenerse mientras la figura avanzaba. Todos tenían la sensación de formar parte de la música. No era en esta ocasión la marcha la que acompañaba a la procesión sino que la parada, el público y todo el mundo se antojaba como la propia partitura.

 Cuando la banda cesó de tocar, los costaleros notaron el peso del Jesús flagelado, los penitentes sintieron la carga de sus penitencias y el sudor bajo sus sayos y capirotes, el público tuvo la necesidad de hacer algo urgentemente. La magia había pasado. Pero el músico había conseguido lo que pretendía, transmitir algo divino.





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