España Nación
Publica hoy El Debate en la sección “El Debate de las Ideas” un interesante artículo de Pablo Nuevo que se titula “España, ¿Nación sin Estado?”. En él comienza planteando que el Estado autonómico está disgregando España. Pone como prueba las dificultades experimentadas por el Ministerio de Sanidad para imponer las medidas para gestionar la crisis del COVID, que entraban en colisión con las competencias autonómicas. Ahonda esta situación el hecho de que las autonomías asumen competencias, pero no disponen de los medios suficientes para gestionar las crisis que surgen. Pone como ejemplo la dana de Valencia. Llega a la conclusión de que esto motiva un Estado disfuncional, incapaz de dar respuestas adecuadas a las crisis. Ahonda esta disfunción, según el autor, el atraso en la actuación del Estado en los siniestros de Adamuz y Urda, asuntos que eran de su única competencia. Sin embargo, la actuación de los ciudadanos de toda España durante la dana, y los accidentes de tren le llevan a la conclusión de que existe nación, pero no Estado. Así es como he interpretado el artículo.
Ortega y Gasset, en la “España invertebrada”, se planteaba qué hacía que España fuese una nación, sobre todo en torno a qué se articula España. Podríamos hacernos la misma pregunta sobre Francia, Rusia o Brasil y no creo que lo tuviese fácil responder un francés, un ruso o un brasileño. La respuesta no sería la misma. En realidad, no creo que fuese común en dos compatriotas. Se puede aludir a muchas razones, todas discutibles, históricas, lingüísticas, geográficas... ninguna valdría y todas influirían. Si nos ponemos muy estrictos y queremos llegar a fondo, podemos acabar descubriendo que una nación queda definida por el territorio donde se aplican unas leyes y se cobran unos impuestos. Tiene gracia, tanta filosofía sobre qué vertebra una nación para que todo termine en normas e impuestos. Cuestión de órdenes y dinero.
Tampoco resulta tan simple: ser español, catalán, vasco o lo que sea es un sentimiento. No te hace español pagar unos impuestos; se pagan esos impuestos por estar en España. Queda claro, entonces, que no es fácil articular una nación. Una nación es una nación por el hecho de serlo. Hay orígenes diversos: desde tribales hasta reivindicativos. Una Constitución puede intentar articular una nación, pero siempre será una tarea inacabada.
Si me preguntasen por España, diría que su nombre tiene un origen geográfico, pero no está definida por su geografía (Portugal es parte de la antigua Hispania). Olvidemos el origen tribal, han pasado muchos pueblos por aquí. Si tuviese que decantarme por un origen, me remontaría a las posesiones del Rey de las Españas como origen de la nación española. Pero es una opinión. El caso es que los españoles hemos pasado de ser buenos súbditos de un rey a mediocres nacionalizados de un Estado y muy buenos ciudadanos ante las crisis.
Hay que reconocer que el Estado pone en poco valor el hecho de ser español, el desarrollo de la ley de nietos viene a decir que cualquiera puede serlo mientras diga que desciende de españoles. A la vez se ensalza el ser catalán, vasco, madrileño o extremeño... Todo evoluciona y tiene su fin. Creo que España no va a ser una excepción. Había dos opciones: diluirse en una Europa que vaya usted a saber cómo se articulará o atomizarse en diecisiete entidades. Aparece una tercera opción: seguir como estamos. Un tira y afloja entre un internacionalismo extremo, definido por regulaciones y nacionalizaciones, y un localismo igual de extremo definido por “en mi pueblo no”.

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