05 noviembre 2026

EL CUENTO DEL NAVEGANTE



Nos convoca este jueves nuestra amiga Mónica desde su blog, Neogéminis. Nos propone un reto al que ha denominado “2 de 3 Borges”. Nos sugiere tres frases extraídas de los cuentos del escritor argentino Jorge Luis Borges. Son las siguientes:

- El patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa. Serena, la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.

- Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos...

- Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.

He seleccionado las dos frases en negrita. Hay que resaltarlas en un texto de unas 350 palabras. Y no me extiendo más en la introducción y doy paso al...

Cuento del navegante.

El avión era más bien pequeño. Había que llevarlo de un lado a otro del Atlántico. Para un monomotor, el océano se antoja casi inmenso. Menos mal que en medio están las Azores. No tendría que lucir tanto sus dotes de piloto como las de navegante. El piloto hace que vuele el avión, pero el navegante es el que no se pierde. El comprador era un nuevo rico con dinero que quería aprender a volar. Debía ser un poco cicatero cuando la configuración que había comprado era tan básica. Tenía prisa y todo lo que no se había gastado en equipamiento pensaba pagarlo para tener el avión casi mañana.

Despegó, se despidió de la torre de control de San Juan y puso rumbo a las Azores. Pensaba que en el presente él era el único piloto que volaba como lo hizo Lindberg un montón de años atrás. Cogió altura y, tras una hora de vuelo, la radio quedó muda  y el indicador del ADF dejó de marcar la estación de Terranova. Sintonizó la frecuencia de Flores, sólo tenía que esperar la marcación.

Tras dos horas en línea de vuelo, el horizonte marino se confunde con el cielo en un gris azulado. Uno se siente en una inmensa llanura. Y hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos... es el sentimiento que genera la ansiedad de distinguir unas islas que rompan la desamparada uniformidad del horizonte y se conviertan en referencia.

A las cinco horas, la aguja del ADF señala la estación de Flores. Todavía no se ve la isla. Las inquietudes cesan, las tablas de consumo cuadran y no ha habido mucha deriva. El navegante ha trabajado bien. Y es que cuando se acerca el fin, ya no quedan las imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Esa llanura inmensa ha desaparecido del paisaje y la tierra se va definiendo. Algo parecido pasa en su mente; llega la hora de aterrizar, desaparece el navegante y solo queda sitio para el piloto.

Más inspiraciones en Borges aquí.

 



1 comentario:

Susana Moreno dijo...

Muy bien llevado. Un beso