07 mayo 2026

EL CUENTO DE LA RULETA Y EL NÚMERO PERDIDO

 

Participo en mi propia convocatoria, en la que propongo que se enfrenten la IA y la estupidez natural. En mi modesta opinión, el paradigma de una historia que enfrenta a la estupidez con la IA podría ser “el aprendiz de brujo”. Señalaría que, también desde mi punto de vista, hay dos cosas que cualquier estúpido puede manejar y le hacen muy peligroso: una pistola y un teléfono móvil. No he querido llegar a este punto en mi historia y he decidido enfrentar a dos estúpidos, recurriendo a diferentes herramientas para hacer estupideces.



El cuento de la ruleta y el número premiado.

Juan Retamosa del Pradolongo tenía dos pasiones: la informática y el juego. Cuando no estaba en su despacho dándole a las teclas, estaba en el casino apostando en la ruleta. Todo era cuestión de números. Se propuso elaborar una aplicación capaz de predecir los números que saldrían en una mesa de ruleta, establecería el patrón de una mesa determinada.

Gastó mucho tiempo y dinero en hacer la aplicación; cuando terminó, preguntó a su ordenador:

— ¿Puedes establecer qué número va a salir en la mesa de la ruleta?

— Necesito una secuencia exacta de mil números.

Juan se hizo asiduo del casino y de la mesa número cuatro. Iba anotando en una lista los números que eran premiados. Tubo que empezar la lista unas cuantas veces porque siempre se le escapaba algún resultado o algún jugador le distraía o empujaba. Le llevó tiempo elaborarla.

Alimentar la máquina con la secuencia también ocupó más tiempo del que esperaba. Se saltaba algún número, pero terminó al fin.

Al clicar el indicador “calcular” en la pantalla del ordenador, la máquina pareció ponerse a pensar. Durante tres días, una línea oscilante estuvo recorriendo el monitor. Por fin arrojó el resultado:

 — Después del cinco y el diez uno detrás de otro, el siguiente número premiado será el veintitrés.  

 

Inocencio Cuadra de Medina era un superviviente que quería dar un pelotazo. Disponía de algún dinero y decidió apostarlo en la ruleta. Quería jugar sobre seguro, decidió visitar a una gitana que tenía fama de adivina. Cobraba diez euros por sus servicios adivinatorios. Le ofreció veinte por la garantía de que no fallaría su pronóstico.

La gitana barajó las cartas; el primer naipe que salió fue un cuatro de bastos.

— Deberás jugar en una mesa relacionada con el cuatro.

Arrojó otros dos naipes, un cinco de espadas y un diez de copas.

— Deberás esperar a que en la ruleta salga un cinco e inmediatamente después un diez. Si no van uno detrás del otro, no funcionará.

Siguió arrojando cartas y contando los descartes hasta que apareció el as de oros.

— Veintitrés cartas he contado; deberás apostar por el veintitrés.

 

Juan llevaba dieciséis horas en la mesa número cuatro del casino, esperando con paciencia el cinco y el diez a continuación. Cuando Inocencio llevaba diez minutos esperando en la mesa, la bola se quedó quieta en el escaque del cinco; en la siguiente jugada, en el del diez. A ambos se les iluminó el rostro y apostaron todo lo que tenían al veintitrés. Ambos indicaron al groupier, casi al unísono:

— Todo al veintitrés.

— Señores, todo al veintitrés... ¡No va más!

La ruleta giró y la bola iba de un lado a otro saltando entre los números; por fin se paró.

— ¡Cero! — Cantó el groupier.

Un chino, que recién había llegado a la ruleta y arrojó su ficha con los ojos cerrados, comenzó a aplaudirse.

¿De verdad, querido lector, llegó a pensar que saldría el veintitrés?

 

Más enfrentamientos aquí.

 

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