Juan Carlos versus Revilla.
Nos regala Alfonso Ussia un artículo en El Debate que titula “Demanda real” en el que hace referencia a la demanda que ha interpuesto el Rey Juan Carlos I a Miguel Ángel Revilla por daños morales y atentar contra su honor. Muestra esto que en un par de siglos hemos avanzado algo, antes se habría solucionado este tema con un guantazo y posterior duelo, no sé si a espada o pistola. Ahora el duelo es oral, declaración tras declaración por parte del político contra silencios y demandas por parte del Rey.
Dice don Alfonso que no merece Revilla una demanda real, que le viene muy bien para ir haciendo declaraciones en las televisiones. Contempla al cántabro de una forma un tanto despectiva por su historial político. No obstante éste demuestra que no es tonto y que ha sido como un corcho, siempre flotando en mar calma o con marejada. Ha llegado a ser presidente de la comunidad sirviéndose de la rivalidad entre PP y PSOE. Ha ejercido su cargo en el tiempo libre que tenía entre plató y plató. O sea que el demandado tiene más de showman que de político. No me cabe duda que otros han trabajado por él en su labor de gestión, lo suyo es el espectáculo. Insisto, no es tonto.
El Rey Juan Carlos I ha sido una figura clave de la Transición, y hoy ambos están desterrados. Al Rey pocos defectos podemos achacarle, su labor ha sido impecable, y hoy lo sigue siéndolo procurando, con su lejanía, evitar problemas a la monarquía. De Juan Carlos, el hombre, no podemos decir lo mismo, ha tenido sus deslices. Al final la prensa rosa se ha mezclado con la prensa normal y oficial y las hemerotecas aúnan recuerdos como su asistencia al funeral de Isabel II o sus reuniones con dirigentes históricos como Mao, Gorvachov o Reagan y sus affaires con Barbara Rey o Corina. No hay forma de separar el cargo de la persona. Y de eso se han aprovechado los Echeniques y otros insultadores profesionales. Revilla se ha colocado a su altura.
La acción del emérito nos debe recordar que a la libertad de expresión se une la responsabilidad de lo expresado. La acusación gratuita debe conllevar una responsabilidad. No se denuncia, simplemente se acusa, y en ocasiones se continua con la acusación aunque los jueces hayan eximido de toda pena al acusado, que se encuentra continuamente obligado a demostrar su inocencia. Lo más parecido a un linchamiento. Lo vemos continuamente, Pedro Sánchez no deja de recordar a Feijóo que llegó a la cúpula del PP gracias a la corrupción, consistente en que el hermano de Isabel Díaz Ayuso vendió unas masacrillas y se llevó una comisión. Los jueces han dicho que no hay caso, por lo que no hay corrupción, pero la acusación sigue, aunque la denuncia no progresó.
No seré yo el que diga que hay que callarse, pero si que se exija la responsabilidad sobre lo expresado. Que una vez demostrada la mentira el que ha mentido lo admita. Existe la tendencia a convencernos de que vivimos en un entorno de información falsa y para los que mienten resulta sencillo atribuirse la función de determinar la veracidad o no de esa información. En realidad vivimos en un ambiente de opiniones refrendadas por mentiras, falsas verdades e interpretaciones interesadas. En este ambiente, las acusaciones gratuitas facilitan la imposición de una opinión.