VIDA REAL
Pues hoy me he visto haciendo la compra en el mercado del
pueblo. Ya he dicho que el ritmo es más pausado. Aunque uno tenga acceso a los
estantes, hay lugares en que se hace necesario esperar turno, especialmente en
la pescadería, en la carnicería y en la frutería. Y esperando turno en la
frutería me he encontrado con la prueba de mi paciencia.
—Quiero unas fresas ¿Están buenas?—Pregunta la clienta.
—Son las que hay señora, nadie se ha quejado—Responde el
frutero.
—Es las que llevó ayer mi vecina tenían moho.
—Pues no sé la razón. Yo las he mirado y no me parece que
tengan.
—Yo también me he fijado. Pues póngame algunas.
—¿Cuánto le pongo? La caja es de un kilo.
—Es mucho ¿Me puede poner 900 gramos? Es que voy a compartirlas
con mi vecina.
—¿La del moho?
—No la que vive en frente de la del moho. Es que a su hija
le gustan mucho, y como está muy atareada me ha pedido que le lleve unas
cuantas. Ha dicho que me las pagará, pero yo se las voy a regalar. Es que la
hija, que es muy mona, está saliendo con un chico muy formal y estudioso. Ahora
estudian juntos todos los días. No puede ayudar a su madre y la pobre no da abasto.
Así que como le gustan las fresas les voy a llevar unas pocas, pero no muchas
no sea que se indigesten. Y no se las voy a llevar con moho, como le pasó ayer
a mi otra vecina.
—Señora ¡qué no tienen moho! Si usted encuentra una me la
trae y yo se la cambio.
—No le quepa duda que lo haré si eso pasa.
Yo rezaba para que la señora se conformara con la fresas, no
sé si tendría más vecinas con hijos que salen y sin mucho tiempo. Tampoco me
imaginaba si les regalaría más fresas, melones o chirimoyos. Pero la sensación
de haber agotado toda la paciencia dejó paso a la nueva impresión de que había
visitado la entrada de un blog en el que una señora nos exponía una pequeña historia
sobre sus vecinas, las hijas de sus vecinas y el moho de las fresas de ayer. Si
hubiese podido le habría dado un “like”.
La vida real es tan atractiva como la virtual, es cierto que
uno asume riesgos diferentes. Vagar por la calle es muy pacido a navegar por la
red. Uno encuentra escaparates, comentarios y tiene las mismas oportunidades
para conversar. Los comentarios pueden transformarse en diálogos. Eso si corro
el riesgo de confundir, quizás el amigo al que yo comento cada artículo y él me
lo devuelve coincidimos en una cola para comprar y discutimos por quien está
delante. Lo que me lleva a pensar cuanto de persona virtual tengo en las redes
sociales y cuánto se diferencia de la persona real.