Nos invita nuestro amigo José Antonio, JascNet, a participar en el VadeReto de este mes de mayo. Se trata, en esta ocasión, de elaborar un relato a partir de una imagen y de una palabra. Debo admitir que me ha costado cierto trabajo comprenderlo. Hay veces que la extrema sencillez obliga, más que nada, a asimilarla antes que a entenderla. No hay condiciones, sólo la de elaborar un relato a partir de una palabra y una imagen.
El cuento de la decisión.
Conferencia de decisión, psicólogo Ram Terem, se dará cuenta de que el momento ha sido bastante largo. No sé si ya habrá tomado una decisión en firme, pero tendremos que hablar un poco. Espero que haya asumido algo de su nueva realidad que, en parte, es nuestra. Puede considerarme desalmado, pero he sido completamente sincero. No le pretendo ocultar nada, aunque debo reconocer y advertirle que hay muchas cosas que no le he dicho; cuestión de tiempo y la necesidad de resumir. Puede preguntarme todo lo que quiera, pero de la charla que vamos a tener a continuación debe llegar a una decisión, que será sólo suya. Nadie intentará convencerle de que acepte nuestra propuesta o la rechace.
— ¿Cuánto tiempo ha pasado? — preguntó Antonio.
— ¿Acaso importa?
— Por favor, no me responda con preguntas.
— Son importantes; me ayudan a orientarle. Usted ha preguntado cuánto tiempo ha pasado. Pero no tenemos una idea clara de cómo medían el tiempo en su anterior existencia. Los años, meses, semanas y días no tienen significado para nosotros. Como ya no lo tiene el día o la noche. Nuestro planeta ya no tiene estaciones y percibimos la misma luz continuamente. No tenemos clima; las nubes continuas y la iluminación constante hacen que vivamos en una especie de penumbra. Podría darle una unidad de tiempo que no entendería; ahora nuestro tiempo se basa en un sistema decimal. Nuestra actual naturaleza nos lo permite. Espero que entienda lo que le digo. Lo importante en nuestro mundo no es cómo pasamos el tiempo, sino qué hacemos con nuestro tiempo. No le damos valor a los plazos, tenemos un sentido de la urgencia, pero no del transcurso del tiempo. Por eso apenas damos los valores tan exactos: entendemos más lo que es pronto que diez medidas, o comprendemos más que alguien nos diga que es urgente a que nos diga para dentro de cien decenas de medidas.
— ¿Entonces los planes se hacen sin plazos?
— Se hacen sin presiones, no hay sensación de adelanto o de retraso.
Ram Terem traía un viejo tablero de ajedrez. Lo depositó en una mesa que había servido de camilla para Antonio.
— Es un juego de milenios. Logró sobrevivir al Gran Desastre. Espero que conozca este juego — Decía mientras colocaba las fichas en el damero — ¿sabe jugar? Perdóneme que le pregunte otra vez.
— Si, nociones tenía, pero no fui un gran jugador.
— Espero que sea suficiente. Pero me va a permitir que le siga haciendo preguntas. Espero que lo entienda.
— Pero responda también a mis preguntas.
— Lo haré, no se preocupe.
— Estoy todavía pensando qué decidir. ¿Podría hablar con alguien en mi situación?
— No, por supuesto que no. Queremos que la decisión sea suya, sin influencias externas. Uno en su situación ya ha decidido. Cualquier consejo o recomendación que pueda darle estará influenciada por la decisión que ha tomado. Lo siento, pero en esto está solo. Es su decisión y su responsabilidad.
— ¿Por qué tanto interés en esto?
— Porque de esta forma sabremos si su compromiso es el adecuado. No porque lo adquiera con nosotros, sino porque se comprometerá consigo mismo.
— Lo comprendo, pero creo que me faltan elementos de juicio.
— Lo sé, siempre faltan. Pero hay uno fundamental que es, en mi opinión, más que suficiente: se trata de su vida. ¿Me va a permitir que le repita dos preguntas? ¿Por qué decidió criogenizarse? ¿Quería vivir para siempre? En mi opinión, estas preguntas son claves.
— Ahora no sabría decirle; nunca me planteé que no querer morir significase vivir para siempre. Quizás no estaba preparado para morir.
— ¿Y ahora lo está?
— La verdad es que no lo sé. En eso estaba pensando. Y probablemente necesite más tiempo.
— Si le parece, podemos relajarnos frente a frente con el tablero de ajedrez entre nosotros.
— ¿Los androides juegan con los humanos?
— Por supuesto. Si ha dormido ya habrá comprobado que no ha soñado con ovejas eléctricas. No ha perdido facultades.
Ram Terem colocaba las piezas sobre el tablero. Experimentó cierta familiaridad cuando contempló las fichas en el tablero. Había algo que no había cambiado desde que vivía en ese mundo anterior al Gran Desastre. El ajedrez tenía un efecto balsámico; le unía al pasado, a su vida, a la vez que le daba cierta conexión con el presente. Era algo que no había cambiado en un mundo que parecía completamente diferente y que, tenía que admitirlo, estaba deseando ver.
— ¿Juega con blancas o negras? Es una pregunta necesaria.
— Mejor lo sorteamos.
— Lógicamente no puedo apreciar nada en sus expresiones, pero percibo cierto entusiasmo por jugar la partida. Debo advertirle que juego bastante bien, pierdo pocas veces.
— Yo ya no recuerdo cómo jugaba, ni me hable de apertura siciliana o defensa italiana. Nunca tuve mucha idea de eso.
— Entienda que siciliana o italiana ya no tienen mucho significado. Pero veo que le gusta el ajedrez.
— Así es. Resulta un juego muy tangible. Casi científico.
— Si se da cuenta, el intríngulis de una partida está en unas pocas jugadas. Quiero decir que las aperturas están todas estudiadas, lo mismo que los finales. Una partida puede programarse. Si jugara un equipo contra otro equipo, siempre terminaría en tablas.
— Creo que tiene razón, pienso que el enfrentamiento debe ser personal. Sólo entre los dos jugadores, sin asesores por uno u otro lado. Es la filosofía del juego.
— Estoy de acuerdo. Pero me gustaría hablar de la técnica del juego. Ya sabe cómo mueve cada ficha y su papel.
— Los movimientos si, el papel es variable en cada momento. Una ficha tiene un gran valor en un determinado estado de la partida y ninguno en otro. Lo mismo lo gana que lo pierde. Pero iniciemos la partida. Me han tocado negras, usted sale.
Comenzó la partida. El enfrentamiento provocaba cierta emoción. Era gratificante comprobar el desarrollo del juego, las fichas evolucionaban y se movían por el tablero como si atendiesen al movimiento de un engranaje. Odiaba admitirlo, pero estaba disfrutando.
— ¿Tablas? — ofeció Ram Terem.
— No, sigamos la partida.
No era porque tuviese esperanzas de ganar, pero quería prolongar el placer que estaba experimentando al jugar. Pensar los movimientos, comprobar lo exacto de sus previsiones con respecto a los movimientos de su oponente o repensar las jugadas cuando no se ajustaban a lo previsto tenía su encanto. La partida estaba despertando muchas cosas olvidadas, entre ellas su instinto competitivo. Siguieron jugando...
— ¿Tablas? — Volvió a ofrecer Ram Terem, sonriendo.
— No, vamos a terminarla.
Ahora quería ganar la partida. Quería llegar hasta el final, pero éste tenía que traducirse en su victoria. La emoción había dado paso a la excitación. Le daba la impresión de experimentar los mismos sentimientos de su juventud. La partida seguía. Las cosas iban bien. Ram Terem le tendió una celada, pero fracasó. Sin embargo, las blancas forzaron un cambio de damas que dejaron a sus peones en disposición de coronar. Momento en el que Ram Terem derribó el rey negro y dijo:
— Abandono, ha ganado. Ha sido una buena partida.
— Excelente, la he disfrutado.
— Me parece haberlo notado.
— Y ahora…
— No nos precipitemos. Me gustaría hablar un rato de la partida. Pero tendré que hacer algunas preguntas
— Adelante.
— ¿Con qué pieza se identificaría?
— Vaya pregunta ¿Antes o después de mi despertar?
— En ambos.
— Nunca me he sentido como el rey, ni antes, ni ahora. Quizá antes, como la torre, capaz de aplastar a cualquier cosa que se me opusiese. Con un punto de observación privilegiado. Me faltaba la habilidad de la dama, la capacidad de salto del caballo o la perspectiva oblicua de los alfiles. Definitivamente, la torre. Pero eso era antes. Ahora apenas me siento un peón.
— Y un peón ¿no es nada?
— Es poca cosa.
— No estoy de acuerdo en ello. Pero si lo estoy en que ahora es como un peón. El peón es la única pieza que tiene posibilidad de mejorar. No es fácil. Tiene que recorrer todo el tablero. Atravesar grandes o pequeñas dificultades. Hay veces que es necesario sacrificar a sus compañeros para lograrlo. No ocurre siempre, pero hay veces que puede obtener una recompensa.
— No había pensado en ello.
— Si se da cuenta, la clave de su victoria, lo que ha inclinado la balanza, ha sido su posibilidad de coronar un peón. Ha sido el punto de fractura de la partida, a partir de ese momento. Jugase yo como jugase, estaba perdida. He entendido el punto de fractura. ¿Lo entiende usted?
— No tengo muy claro a dónde quiere ir.
— He abandonado la partida en el momento en que podía coronar. El peón llegaba al final del tablero y usted elegiría la recompensa, salvo en rey y en peón, podía escoger cualquier pieza. Era su partida y su decisión. Podría escoger cualquier pieza, pero, con seguridad, habría decidido por la pieza que le asegurase la victoria.
— Tiene razón.
— En su vida, ahora, se encuentra en un instante parecido. Usted es el peón de nuestra partida que acaba de coronar. Estamos en una fase de fractura. Usted no puede escoger qué pieza va a ser, no es su partida. Pero si puede elegir entre seguir en la partida o no. De usted depende. Tenga en cuenta que si la partida sigue, habrá más jugadas y posibles consecuencias.
El androide Antonio había comprobado el placer de la partida, había disfrutado del hecho de competir en la partida. Se sentía más animado. Sus dudas ya no iban dirigidas hacia una solución con la disquisición de si ser desconectado o no. Se planteaba qué podía hacer si seguía hacia adelante, disfrutando de un futuro casi infinito. Ese maldito Ram Terem estaba logrando de sembrar en él el germen de la ilusión. Ahora empezaba a entender ese concepto de fractura. Podía disfrutar de una nueva vida, pero no tenía el rumbo de ella.
— ¿Cómo sería la vida que me espera? — Preguntó.
— No lo sabemos. Sería un tripulante de una nave espacial. Habría un periodo de formación. Pero no podemos adivinar las peripecias de un viaje de cuarenta años en un espacio casi desconocido. Sólo le puedo garantizar muchas actividades rutinarias, porque cuando surja una excepción, ni usted ni yo sabremos cuál será. Como en una partida de ajedrez, hay jugadas que podrá anticipar, pero tendrá que hacer frente a situaciones inesperadas. No hay otro jugador al que enfrentarse. Sólo el espacio y un viaje.
— ¿Y al final del viaje?
— Tendrá que ayudar a establecerse a los colonos, y después… tampoco lo sabemos. Puede que dependa de la decisión de los recién llegados o quizás se le encomiende otro viaje.
— ¿Eso es que seré libre?
— Tiene que entender que usted es libre ya. Pero sus opciones, como las de cualquier persona, son limitadas. Siento decirlo, pero tiene que tomar una decisión.
Pero ambos sabían que el germen de la inquietud y la curiosidad ya estaban sembrados. Al futuro infinito se le unía una perspectiva de aventura. Su nuevo cuerpo le obligaba a la renuncia de ciertos placeres, sobre todo los de índole carnal. Se había recuperado de la fractura. Pero hay cosas que, como el ajedrez, no habían cambiado de una vida a otra, la incertidumbre del futuro, por infinito que fuese, era una constante. Y una nueva vida, aun en las condiciones con que la tenía que vivir, parecía un reto…
— Está bien. Acepto ese puesto de tripulante.
— Me alegra oírlo — Dijo Ram Terem — Ha sido un placer hablar con usted. Ahora tengo que despedirme y no nos volveremos a ver. Desde este momento está asignado a la Academia de Androides.
Ram Terem salió de la habitación. Cuando hubo cerrado esbozó una sonrisa. La terapia del ajedrez siempre funcionaba, había desarrollado la habilidad de dejarse ganar jugando perfectamente. De esta forma los sujetos que tenía asignados solían superar la fractura.
Más historia del Vadereto de mayo en este enlace.
Va de reto .... Satanás?🙂
ResponderEliminarsaludo.
Eso lo tendría que responder el que convoca. Recomiendo que lo visites, los relatos publicados son muy buenos.
ResponderEliminarUn saludo.
Hola, Luferura. Me parece muy bien que hayas continuado con la historia del androide Antonio. Es una idea con mucho potencial. Muy interesante lo de la partida de ajedrez para que él decidiera su futuro. Tu relato está muy bien narrado y los diálogos le dan dinamismo a la historia. Sin duda estaremos al pendiente de las nuevas aventuras de tu personaje. Saludos.
ResponderEliminarHola Ana,
EliminarMuchas gracias por el comentario. Reconozco el potencial de las ideas. Pero, la verdad, no sé por donde salir. Pasito a pasito. Creo que necesita una corrección. Pero continuaré con la historia cuando la temática lo permita.
Un saludo.
Hola, LUFERURA.
ResponderEliminarEse Ram Terem es un pastor de ovejas eléctricas. Vaya embaucador de manual. Me esperaba más resistencia del androide Antonio: un par de jugadas de ajedrez, un poco de emoción… y ya estaba entregado. Qué peligro tienen los que manipulan sin levantar la voz.
Un abrazo.
Hola Eitán,
EliminarNo te falta razón, piensa que el pobre Antonio está, sobre todo, desorientado. La pregunta de ¿Querías vivir para siempre? en vez de darle guía le desorienta más, a la vez que a psicólogo le permite orientarle hacia donde el quiere. Tampoco sabemos nada de la vida anterior de Antonio,¿Era bueno o malo? Tampoco lo sabe el psicólogo y tiene que orientarle para una función. Ya veremos si continua la historia.
Un saludo
Hola, Luferura.
ResponderEliminarExcelente continuación del relato criogénico.
Nos has regalado toda una confrontación psicológica entre hombre y "máquina" que me recuerda mucho aquellas leyendas basadas en el «Test de Turing». Ram Terem es mucho más temible que Torquemada o Goldensohn. Sabe sonsacar de su entrevistado lo que quiere sin usar coerción, solo con buenas palabras y un maravilloso uso de la psicología.
Felicidades. Ojalá puedas inspirarte y ofrecernos más continuaciones de esta historia.
Con respecto al VadeReto, desde mi punto de vista, tu relato se ajusta muy bien con la intención propuesta. La idea de la imagen era ese peón blanco que no solo se mete en la fila de los negros, también se vuelve con cierta burla hacia la cámara para mostrarnos su descaro. Y la palabra es precisamente esa decisión de romper con lo que te habitúa al camino. Así que tu historia encaja perfectamente. Antonio ha decidido romper con cualquier intención pasada y afrontar ese futuro incierto, pero ilusionante y esperanzador. Deja mucho para reflexionar e, incluso, continuar en nuestra mente con la historia.
Muchísimas Gracias por tu maravillosa participación. Un Gran Regalo.
Abrazo Grande.
Hola José Antonio,
EliminarMuchas gracias por tu comentario y opinión. La verdad es que el tema elegido invitaba a una continuación. La imegen que mencionas es muy buena, uno se pregunta cómo llegó ahí ese peón.
Gracias a tí, pues de estos retos salen unas narraciones preciosas.
Un saludo.
Hola Luferura. ¡Vaya con el androide Antonio, con sólo un par de jugadas de ajedrez, un poco de emoción… y se entrega! ¡Menudo arte que tiene Ram Terem, la psicología se le da muy bien! Y te ha puesto en bandeja la continuación en otros episodios, para que nos puedas seguir contando el futuro de nuestra civilización. El camino está abierto.
ResponderEliminarUn abrazo de Marlen
Hola Marlen,
EliminarMuchas gracias por el comentario. El camino está abierto, pero no sé todavía cómo acaba. Ya irá saliendo.
Un saludo
Aquí en tu relato, la fractura deja de ser un punto de quiebra doloroso para convertirse en la bisagra que separa una vida resignada de otra que, aunque incierta, se acepta como un reto. Me ha emocionado ese detalle final de que el androide "dejarse ganar jugando perfectamente" es en realidad su terapia más humana. Gracias por compartirlo, abrazos desde Venezuela.
ResponderEliminarHola Raquel,
EliminarGracias por comentar. La verdad es que el pobre androide está hecho un lío y necesita un pequeño empujoncito.
Un saludo